LA LEVEDAD DEL HIERRO


 

LA ESCULTURA DE LUIS LOZANO GARAY

 

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Luis Lozano Garay mira cara a cara a los materiales con que arbola sus esculturas. Lozano Garay llama hierro al hierro, papel al papel y barro al barro: los convierte de esta forma en una prolongación natural de su estar en el mundo. El escultor está para ser hierro y papel y madera y barro.

Esa prolongación natural que ocurre entre artista y obra es, en palabras de Borges, la prolongación más hermosa. El artista hace de sus trabajos escultóricos una proyección de su fuerza, su carácter, su espacio, su luz. Lo he visto coger el cepillo de púas de acero y entregarse a la rugosidad y el óxido del hierro con la devoción con que se entrega al resplandor de lo divino el místico. Pero sin languidecer, sin levitar: con una devoción de minero que taladra en un túnel oscuro. Se entusiasma si extrae una micra de fulgor de la superficie áspera, fría, dura de esa dureza. No parece querer resucitar nada, no hay sentimentalismos, no hay prosodia espiritual más allá del hallazgo de la línea donde cincel, escoplo y soldador se pueden detener. En el principio era la acción, como quiso Sigmund Freud en Tótem y Tabú.

 

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“Sin levantar los ojos”. Luis Lozano. Foto – Rafael Siquier

 

Más bien lo que hace Lozano Garay es tramar sus esculturas como el escalador trama en secreto el asalto a una pared de roca inexpugnable. Lo hace sin complejos. Lo hace sin grandes alharacas teóricas. No obliga a la obra a ser lo que no es: en esto es un grande. Se limita a hacer de la materia una extensión esencial de sus manos, de su agilidad, de su imaginación. En el proceso desnuda los materiales, los quema, los retuerce, los une, los convierte. Lozano Garay convierte la piedra en altura y profundidad, el hierro en verticalidad y apostura, el barro en sustento y deseo.

En él y en su trabajo tiene sentido el verbo heñir. Fingir, forjar, tallar, modelar, esculpir, moldear, transportar: el transporte del alma y los sentidos baudeleriano. Lozano Garay rompe los moldes: en realidad, no hay un tejido inicial, una herida primera, una preconcepción. La corriente de este río arrastra las formas. Sin complejos, invita a la materia a retorcerse, trasladarse, recomponerse en un plano que hace de la física, la química y la mecánica un monumento a la verticalidad, al equilibrio, al ímpetu, a la proporción. La fuerza es el contenido de su escultura. El esfuerzo y el arrebato son el recorrido espiritual, intelectual de su obra. En el barniz y en el lijado están las proporciones de una sensación inequívoca: el triunfo sobre la nada, el logro de la ficción. Las manos retuercen el espacio invisible y alzan un templo de tejidos ciertos, un cuerpo humano de masa de papel, una construcción sólida de espacios vitales que se sostienen por su propio carácter y su propia determinación.

 

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“Y se reaviva el fuego”. Luis Lozano. Foto – Rafael Siquier

 

En el retiro de una nave del extrarradio, en el sosiego de un transistor que apenas tiene señal y que se adivina bajo un montón de embalajes y esquirlas de otros tiempos, Luis Lozano Garay ha ido fraguando su aventura de hierros y bronces y papeles y maderas. Atávico en su vocación, instintivo, cruel y piadoso con la tierra y con los minerales, el escultor enseña a los elementos a respirar más allá del espacio robusto de sus brazos, con una inquietud artesanal que es capaz de encontrar en el vacío una silueta, en el desconcierto un equilibrio. Una vez visitas sus esculturas, lo que no se sostenía se sostiene y lo que era endeble se convierte, por arte de magia, en una estructura que soporta una intimidad universal. Una vez oído el largo rumor con que se anuncian al visitante, sus esculturas escapan para siempre de los brazos del escultor y vuelan, bailan, nadan, se zambullen, se estiran, se estremecen.

 

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Conjunto de esculturas. Luis Lozano. Foto – Rafael Siquier

 

Hay vanguardia en su trabajo, por supuesto. Lozano Garay hace del estremecimiento el origen y el final de su discurso artístico. Lozano Garay no se rinde a las complacencias del público, huye del aplauso lánguido, se resiste a la genuflexión. Está hablando de otra cosa: se limita a provocar un espasmo eléctrico en la sensibilidad del espectador que de repente sabe que algo sucede en el espacio carnal de esa muchacha que se yergue, se dobla hacia atrás y cierra los ojos inexistentes. La suya es una escultura raigal, de esencias rupestres. Atesora de esta forma la vanguardia original e iniciática del primitivo: intuición, sobrenaturalismo, trascendencia, elementalidad.

El año pasado sorprendió para la exposición colectiva Fractal 2.0 (otoño 2013) con una serie de esculturas que querían ser el movimiento. Pero ese denso movimiento de las aguas del fondo de los océanos, ese lento crepitar de las raíces de los árboles en su viaje a las alturas. Detenidas en el aire, las figuras inmóviles sobre la peana eran apenas una mirada a cámara superlenta de la vida secreta del metal. Una respiración lentísima situaba a los objetos en ese punto inexacto entre la vida y la muerte, la existencia y la inexistencia.

 

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“No buscar hoy, ni mañana, el delirio de la locura”. Luis Lozano. Foto – Rafael Siquier

 

Este año, Luis ha sido el encargado de dar forma al Insomnio de Antonio Rodríguez Jiménez y a las ambiciones de los poetas y los artistas que organizan y protagonizan Fractal 3.0. La poesía tiene en su escultura un rostro verdadero, un cuerpo de verdad. David se presenta de nuevo ante Goliat sin más armas que su lenguaje. Alberto Giacometti ha vuelto. El escultor Lozano Garay detiene al hombre de la estatua en esa transición entre el bien y el mal, entre la levedad y el peso, entre la quietud y la corriente. Ahora ese hombre está vivo y nos mira cara a cara, sin temor, habitante de su propio tiempo.

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