BARBARIE


 

ANDRÉS GARCÍA CERDÁN

 

Hey Hey My My
—Neil Young—

En estas condiciones, creo sinceramente
que lo mejor es tragarse una cápsula de dinamita
y encender, con toda tranquilidad, un cigarrillo.
—Oliverio Girondo—

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LUDUS MAGNUS
Bajo el cielo de Roma, la mañana
desentierra los restos
de una escuela de lucha.
El arte de morir
y matar se enseñaba en las entrañas
de esta estructura
ahora reducida a ruinas,
a negros muros de mampostería
y arcos vencidos. Ya no están
las columnas. De las paredes
se han desprendido los mármoles.
Algún ídolo permanece aún,
de milagro, anclado al púlpito impasible
de su antigua magnificencia.

Destrozada de escombros y saqueos,
incendiada mil veces,
hastiada de derrumbes y hundimientos,
aún brilla en lo oscuro
esta escuela de sangre,
aún se escucha su lección: qué es
vivir, qué significa ser esclavo,
cuál es el nombre de los héroes.

Por estancias hoy trágicas y lóbregas
un día desfilaron los atletas
en todo su esplendor
y fulgieron los músculos,
las espadas. Con toda dignidad,
el gladiador
se batió en las arenas contra el tigre,
contra los cielos,
contra la fuerza bárbara.
Para la nada hundió sus rodillas en tierra
en nombre del dios Mitra
o, de pie tras la lucha, alzó su copa
rebosante de néctares y triunfo
en un alto destino dictado por los sueños.

Ahora solo el frío y el letargo,
las linternas del arqueólogo,
el bullir de las ratas,
el flash vulgar de los turistas.

 

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OLAS
Según su costumbre, las olas
van cantando a tu oído
la inconstancia del tiempo,
la impenetrable audacia de los golpes
que excavan nuestros pies.

Las olas que vienen y vienen
a despeñarse siempre
sobre sí mismas,
muy dentro de sí mismas,
en su asalto incesante al límite
y a esta verdad de carne y hueso,
en su estoica extracción
de la médula pura de los días.

 

 

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LOS BÁRBAROS
En Nínive, degüellan al ídolo, de un tajo,
las radiales. La estatua del asirio
acaba aquí sus días: ruedan
por el suelo su vida secreta y sus secretos.
Cerca, en el Valle de Bamiyán, flotan
con el aire los restos de Buda. Los colosos
se deshacen en una explosión de desierto.
No ahorraremos en medios –amenazan–: misiles
antiaéreos, tanques, dinamita.
Lo que haga falta. Nada importa que esta sea
la imagen única de Buda en pie:
se la arrodilla, se difama.
Salvajes cirujanos, armados de cinceles
y martillos, recorren la memoria
desdibujando el trazo de los sueños.
Hoy el mundo es un sitio más vulgar.

No hay nada nuevo bajo el cielo
en las imágenes. ¿De qué te asombras
si somos la depredación,
la locura, el desprecio? Los martillos
neumáticos mutilan otra estatua en Mosul
mientras tú callas. Esto es,
sin duda, el olvido. Nos merecemos
este destino innoble. Hasta aquí
nos ha arrastrado
nuestra atroz complacencia.
El vídeo resplandece, en su brutalidad
sin nombre, desplegándose en las redes:
su horror
es un éxito. Este hombre
que impávido machaca la nobleza
hierática de un rostro persa
sobre la gracia
y el arte de los tiempos ha escupido.

La ira enorgullece a quien profana
la pulida quietud.
Con fe ciega y con rabia, arponea
y destroza las carnes vivas
del granito, y humilla las columnas
esmeradas, derriba el púlpito.
En público, alardea de entusiasmo
y arrebato moral. De dónde surja
tanta imbecilidad nadie lo sabe.
En este polvo oscuro, en esta histeria
y en estos pedazos de nada
hay quien ve la patética figura
de lo que somos y hemos sido:
una bestia insaciable y paradójica.
En un gran vertedero de vergüenza,
destrucción y penumbra nos movemos
como ratas. En mil pedazos
vuelan los santuarios. Solo se salva
el dinero.

Las tropas del gran Napoleón
matan su aburrimiento a cañonazos
disparando a los ojos de la Esfinge de Gizeh
y juegan a un paint ball mortal
con los dioses. Es faraónico
su deshonor. En Silos, se revientan
los cofres y se arrasan las vidrieras
por placer, se despoja al santo de sus joyas.
¿A qué precio se vende el mármol mítico
en los mercados europeos? ¿Qué fue de aquellos
claustros medievales, dejados
de la mano de Dios por los gobiernos,
hijos de nadie ya, para nadie? ¿Qué relieves
desgajados del frontispicio griego
son aún exhibidos en Londres y en Berlín
como trofeos de una cacería?
¿Por qué la indiferencia del soldado
mientras engulle el fuego
la inmensa Biblioteca de Bagdad?
Cumplimos órdenes: no intervenir.
No es nuestro problema.

Sobrevive la piedra, ennegrecida y vil,
la tierra ensangrentada sin sus frutos.
Sobrevive la infamia de saber
que somos la alimaña más dañina,
más inconsciente y más cruel del mundo.

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Barbarie

Andrés García Cerdán
(Premio Alegría de Poesía, Rialp, Adonáis, 2015)

Ilustraciones en el post © Vegap 2016 – Juan Carlos Pareja

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